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La Patata Hervida [Restaurante]

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La Patata Hervida [Restaurante]

Mensaje por Eltío D. Copete el Dom Feb 17, 2013 3:05 am

Prelude


Un edificio de 100 plantas por aquí, la Torre Gourmet por allá. La Brisa urbana, que sube, que baja. Una manto de gente cubre los suelos de los Grandes Almacenes Gourmet. Poco espacio queda para respirar.
Eso es el día a día en la ciudad más grande del mundo. A pesar del enorme barullo que se produce día tras día, y de los altos precios de todo restaurante, se está la mar de cómodo, hay que ver.


- ¡Copete! ¡A trabajar! -insta una voz fuerte y ronca, echándome de mis pensamientos como quien vacía un pavo en acción de gracias o en un almuerzo en que le apetece. Mi cigarrillo termina con mi hora de descanso. Suspiro, y tomo camino a retomar mi trabajo.

Home - Tema del Bar


La Patata Hervida



¡La Patata Hervida!
Restaurante acogedor siguiendo la estructura tradicional de los restaurantes de la antigua era.
¡Una única planta para pedir y disfrutar!
Gozamos de poseer una barra con vistas al mostrador y contacto directo con los empleados para ese tiempo libre que tiene usted que sólo necesita descansar. Además, ¡es la zona más sociable del bar! Cualquier puede sentarse a su lado y entablar una conversación con él, porque quien viene con penas, ¡tiene una cena!
Sin embargo, si usted ha venido a disfrutar de lo acogedor y tradicional, mas con toda su familia, o con algún amiguete que quiera impresionar, ¡no piense que ésto no es para usted! Poseemos una amplia zona de mesas donde pedir a la carta. Aunque siempre pueden pedir la recomendación del Chef. ¿Que qué es? ¡Sorpresa!
¡No lo dude más y venga! ¡Abrimos 24 horas!

  • Visitas Totales: 0
    • Visitas Normales: 0
    • Visitas Especiales: 0

  • GP's La Patata Hervida: 6.000


Última edición por Eltío D. Copete el Dom Feb 17, 2013 6:23 am, editado 1 vez
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Re: La Patata Hervida [Restaurante]

Mensaje por Eltío D. Copete el Dom Feb 17, 2013 6:03 am

Estábamos en una amplia calle. La gente pasaba de masa en masa sin ton ni son, nadie se daba cuenta de que éramos allí. Aunque es algo completamente normal. Nuestro humilde establecimiento, que apenas gozaba del privilegio de tener dos plantas –pues una me pertenecía a mí, y así me encargaba del restaurante las 24 horas del día. Dormía allí-. Se conformaban de buena gana con tener retretes y urinarios limpios.
Además, qué decir de cómo conocer el establecimiento. Entre dos enormes edificios desarrollados con un modernismo que ni mi cabeza agrandada por mi tupé podía entender. No obstante, gracias a, de hecho, las rarezas físicas que no faltaban en nuestro restaurante, llamaba la atención de aquel que pasaba por delante. Pero aun nos faltaba gancho: había que convencer a la gente de que debía entrar en este restaurante.

Y esa es la historia de porqué me hallo yo aquí.

Estaba repartiendo folletos en las calles. El trabajo cansaba un poco, quizás porque nadie te hacía caso, y si lo hacían, tenían prisa y se iban. Eso sí, durante ese breve periodo de tiempo había logrado avistar, ¡nada más y nada menos que 13 buenas chicas! Y mi contado personal, El Contador de Chicas Buenas 3000 Propiedad de Copete abierto a todos los públicos sin ánimo de lucro marca registrada seguía subiendo. Al poco tiempo, me había puesto a hablar solo con las mujeres que pasaban. Si tenían novio, le despistaba a él.

- ¡Hola le interesa…!
- No –cortó tajante la número 14.

- ¿Sabía usted que...?
- Estoy bien con mi religión. -¡15!


- ¿Conoce usted La Patata Hervida?
- ¡Uy, pues no! ¿Qué es? –dijo la número 16. ¡Sabía que es número me daría suerte! Mi tupé casi explota del júbilo.
- Pues verá…
- ¿Qué pasa aquí –dijeron dos hombres en la lejanía. Cuando se acercaron, pude vislumbrar cómo solo se trataba de uno solo. Uno enorme.
- Oh, nada cariño, el del pelo raro iba a decirme algo.
¿¡Cairño!? ¿¡Pelo raro!?
Mi alma cayó en pedazos y me tiré al suelo llorando, mientras la pareja, o en lo que desde lejos parecía ser un trío se iban con risitas.

Sin embargo, pese a los rechazos a los que no estaba acostumbrado, no es estaba nada mal por allí. El tiempo allí era fenomenal; un buen sol, pero sin quemar; una agradable brisa invernal que hacía tambalear mi tupé de un forma muy graciosa; un agradable olor proveniente de algún restaurante que conseguía limpiarte el alma.
¡Espera! ¡Venía de nuestro restaurante!
De repente, Matsudato, se asomó por la ventana de la cocina que daba a la cocina. Era un hombre bajito y regordete. Siempre vestía con ropa sucia de comida y nunca se lavaba las manos, aunque, pese a eso, su arte para cocinar era excelente. A penas le quedaba pelo en la cabeza, y lo tenía muy corto. Siempre llevaba gafas de sol para disimular las bolsas caídas de sus ojos y en la comisura de los labios tenía un bigotillo perfectamente perfilado y recortado que olía a aceite, pues a veces le salpicaba ahí o cuando comía se le mojaba. Su bigotillo era su bien más preciado en el mundo entero, yo era su número 10.

- ¡Eh, copete! ¡He tenido una idea para llamar la atención de la gente! ¡Canta! –acto seguido, cerró la ventana.

¿Que cantara? ¿Qué fruta de la Isla de Bacchus había bebido esta vez?
De repente, tras la puerta pasó Macareno, la mascota de Matsudato. Se trataba de un pequeño mono cuya única diferencia era un pequeño gorrito rojo cilíndrico que siempre que llevaba en su cabeza, al cual se e había atado un corto hilito dorado. Tenía apoyados en su barriga dos bombos que colgaban por correas de su espalda y, en sus damos, sostenía unas baquetas echas con madera y en cuya punta una piedra había sido clavada en el palo y recubierta por la membrana de un cerdo barbacoa para evitar romper el tejido del tambor. El tejido era del mismo material que la esfera de la baqueta.
En seguida, comenzó a tocar los tambores, y la música empezó. ¿Iba en serio? No me lo podía creer. ¿Por qué no hacía cantar a su bigotillo?
Fue entonces cuando la vi. La vi… a ella. La número 17. De por lo menos 1 metro 70 centímetros de altura. Esbeltas piernas bien depiladas que para gozo de todos los hombres a su alrededor lucía con una minifalda tan corta tan corta que yo podría usar de cinturón. Parecía que únicamente vestía un jersey rosa en la parte superior del cuerpo, y del hombro derecho colgaba un bolso blanco. Su melena rubia se mecía en movimientos agitados con el viento. Iba con bastante prisa, así que seguramente tenía un compromiso. Pero iba tan bien vestida, tan majestuosa, y… ¡tan sola! ¡Si novios entrometidos ni nada de eso! Era mi momento, había encontrado a la mujer de mi vida. Podía verla pasear a mis hijos hacia aquí. Un niño, y una niña. Sus nombres: Luke y Leya. EL chico vestiría con traje todos los días e iría mejor vestido que el jefe supremo de la IGO. Que ese hombre supere su corbata verde con remaches blancos y su tupé tan bien lubricado. Por otra parte, la niña vestiría vestiditos rosas con volantes también blancos, un pelo recogido con una diadema, pero lo suficientemente suelto para que los niños de 5 años se le echen encima: lleva el apellido Copete, está destinada a ser una triunfadora.
Ya podía verlos correr hacia a mí, ¡era mis hijos! Y de quien iban cogidos era su madre. Pero primero tenía que hacerla mía. ¡Y esta era mi oportunidad!
La música había empezado.

¿Me prestáis atención por favor?
¿Notan en el ambiente un olor seductor
Que recrea en la boca un delicioso sabor?
¡Y no hay otro mejor!

Fue increíble. La gente se dio cuenta de mí. Y lo que es mejor, la Número 17 también. Seguí cantando.

Óiganme todos: ¡no se imaginan la felicidad
Que hay aquí tras el portal!

Entonces ella legó a mi altura, y decidí abordarla. ¡Esa era la única oportunidad!

Pruebe los postres, dulces y salados,
También granizados
Para usted.
Quien lo prueba quedará encantado,
Bien afortunado
Por comer.

Entonces le acerqué un folleto sacando mi mejor cara a ella, a la chica número 17.
- Uy, no, gracias, estoy a dieta. – Se fue.
Volví a llorar por los suelos.

- ¡Copete! –gritó de nuevo Matsudato desde su ventana-. ¡Buen trabajo! ¡Clientes!
Hizo un gesto de aprobación con mi mano derecha, levantando el pulgar, y la volví a dejar en el suelo mientras veía como cinco personas entraban en el bar. Al menos habíamos conseguido clientes.
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Eltío D. Copete
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